Estrella fugaz

La segunda rayita rosada anunciaba la presencia indiscutible de un pasajero en mi útero. Debo aceptar que me tomó absolutamente por sorpresa, pero lloré de felicidad, entre emocionada y asustada, como si fuera la primera vez. Miles de pensamientos galopantes empezaron a desfilar en mi cabeza atropellándose unos a otros: Que si estoy muy vieja, que si es el momento indicado, que si volver a empezar, que si las estrías, que si los otros proyectos, etcétera.

Sin embargo, tras nueve semanas de haber establecido nuevas prioridades y horarios por la llegada del pasajero, una mañana un hilo rojo en las sábanas, anunciaba que su paso por esta tierra sería como el de una estrella fugaz. Una pequeña pieza de materia que desde el espacio golpeó la atmósfera de la Tierra, iluminando mi vida a su paso.

Durante el corto lapso de gestación, tuve muchos sueños en los que despertaba aturdida, deseando no haber visto las imágenes tan reales de una albondiguita sin forma, un extraterrestre de un solo ojo, voces deformes de hombre, de mujer, un dejávu. Mi corazón se partió en mil pedazos con su pronta partida. Me inundaba la culpa, la desolación. Era la segunda vez que perdía de vista a mi estrella fugaz.

Con total apatía, sentí como todo se derrumbaba a mi alrededor. Me dejé caer en un abismo oscuro, renunciando a todo lo que, hasta ese momento, era mi realidad. Mi cuerpo y mi alma me pedían a gritos un cambio completo de piel, de escenario, de perspectiva.

Decidí ir a una sesión de NBI la cual es una técnica que se fundamenta en principios de musicoterapia y life coaching transpersonal. Ya en otra ocasión, había acudido a esta terapia con la espinita curiosa de averiguar sobre mis vidas pasadas. Sin embargo, esta vez mi intención era la de encontrar respuestas.

Necesitaba llegar al fondo del abismo para poder impulsarme y salir hacia la luz.

 

Tal como me lo explicó el terapeuta, era esencial estar dispuesta a soltar, a enfrentar mis emociones para encontrar paz. Era preciso entender que no había sido mi culpa, que sufrir una pérdida es bastante común. Muy en el fondo mi alma entendía que todo pasa por una razón. Otra parte de mí seguía apegada a la idea maravillosa de abrigar una estrella creciente, un mini cosmos en mi vientre.

La música comenzó y todos mis sentidos se abrieron a seguir las instrucciones. Después de tomar respiraciones profundas, guiadas y conscientes, me siento liviana, suspendida en el espacio lleno de estrellas. Veo la Tierra desde arriba, girando enorme, magna y robusta. De pronto, el planeta se divide en dos y veo su semilla dorada, brillante. La tierra se convierte en una enorme esfera roja a la cual me dejé caer confiada y ligera.

Al aterrizar, veía el lugar como un lugar inhóspito, una gran caverna oscura, con paredes porosas y símbolos ininteligibles grabados en ellas. Era mi útero. Los símbolos eran heridas aún abiertas y sus paredes estaban corroídas por el paso de los años, que reflejaban los estragos de la inconsciente guerra fría con mi propia femineidad, con mi esencia.

Cuando decidí ir a terapia, estaba devastada y urgida de respuestas, de consuelo. Pude interiorizar que, gracias a la efímera estadía de esta alma en mi vientre, mi útero debe sanar primero antes de albergar a un ser humano. Debo perdonarme, aceptar mi cuerpo físico y etéreo, tal cual es.

Debo sanar de adentro hacia afuera, hacer las paces con mi esencia creativa.

 

En cuanto comprendí todo esto, empecé a visualizar las paredes de mi útero lisas, cubiertas de un color celeste brillante, con rayos luminosos que vibraban desde dentro. En eso, escuché un ruido en la entrada de la caverna y ahí lo vi. Un ser pequeñito, como un niño de cuatro años, apoyándose tímido en una de las paredes con una de sus manitas.

-Vení, Le dije con los brazos abiertos.

Soltó la pared y corrió hacia mí. Nos abrazamos fuerte, tan fuerte que no lo quería soltar. Y ahí lo entendí: No lo quería soltar. Dejar ir es una de las lecciones que más trabajo me ha costado en este plano. Sin embargo, con el tiempo he comprendido que la raíz de todo sufrimiento es el apego.

Antes de soltarlo le agradecí. Le cubrí de besos su carita, su cabeza. Gracias, gracias, gracias, le decía. Pondré cuidado, miraré hacia dentro. Si decidís volver, esta será tu casa, serás bienvenido y la mantendré sana, limpia.

Siguiendo la indicación del terapeuta de que era hora de salir de la escena, empecé a flotar de nuevo hacia arriba. Iba viendo al ser cada vez más pequeñito, mientras me decía adiós con su manita diminuta.

Desde lo alto, lo vi correr hacia la entrada de la caverna y saltar liviano al vacío.

 

Foto: Fabricio Jiménez

Texto: Naty Q.

 

1 Comment

  1. “Tuvo una pérdida” te dicen…pero ¿realmente lo es? Gracias a tu bello artículo podemos interiorizar que las almas que vienen y se van pronto son almas elevadas que llegan y nos sacuden las entrañas y la vida como parte del plan para avanzar de acuerdo a nuestro propósito.

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