Somos el universo entero. Somos luz. 

Somos Luz

Luz, somos luz. El cuerpo en el que vivimos es el resultado de muchas estrellas que han explotado pariéndose a si mismas durante años. Todo lo que nos rodea y todo lo que somos, está hecho de partículas diminutas que al entrar en contacto con otras, forman todo lo tangible. Somos polvo de estrellas. Lo dijo Carl Sagan.

Como es adentro es afuera, como es arriba es abajo.

 

Los ojos como ventanas a nuestra casa-cuerpo, reflejan la luz en todo lo que vemos, atravesando la córnea, llegando a la pupila que se contrae o expande. La información recibida se transforma en impulsos nerviosos que van directamente al cerebro, quien se encarga de enderezar la imagen invertida de la retina. El cerebro interpreta los colores, las formas, el tamaño de todo lo que vemos. Absolutamente nada se experimenta fuera de este cuerpo-casa. Las montañas, los colores, los abrazos, los dolores.

Nuestro interior es un reflejo del exterior. 

 

Un día, hace ya varios años, monté a mi cerebro en una bicicleta. Una bicicleta pequeñita, de esas que se guardan y disuelven en la lengua para convertirla en alfombra voladora. Quería saber lo que se sentía darle un empujón a mi cerebro para que captara las cosas desde otra perspectiva. Era una noche de música, lluvia y amigos. Nos dispusimos a viajar fuera de nuestras fronteras, con un cuadrito de papel ácido para cada uno.

De pronto, la música de los árboles se volvió densa y masticable. Mis manos eran círculos convexos que iban dejando estelas de colores brillantes a su paso. Mi cuerpo de algodón, era sostenido por mis pies, rellenitos de nubes. Ahí iba ella, la que dice que soy yo: caminando en una piscina de papel con las piernas pesadas y la sonrisa indolente.

Las voces de mi cabeza no hablaban, gritaban. El lenguaje que conocí cuando decidí aterrizar en tierra firme para convertirme en célula parlante, se escuchaba fuerte y claro. Sentía la sinfonía que corre por mis venas, como agua, fluyendo en ese plano que los ojos no pueden ver. Volví al vientre de la montaña. Ella me abrazaba y yo a ella. Ahora, siento la carne que me sostiene desaparecer. No estoy en ninguna parte, pero estoy en todas a la misma vez y el tiempo no existe. La paz es una mariposa incandescente. Todo es tan brillante que se puede tocar, oler y comer. No hay nada que temer, no hay nada que tener. Somos el universo entero. Somos luz. 

El mapa completo, todo el tiempo, ha estado frente a mis ojos.

 

 

Foto: Fabricio Jiménez

Texto: Naty Q.

 

 

 

3 meses ago

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