Hay mucho que ganar y nada que perder cuando se vive sin miedo.

Vivir sin miedo

Y si no tuviéramos miedo, ¿Qué haríamos? ¿Viajaría por el mundo? ¿Renunciaría a su rutina actual sin ningún apego? ¿Caminaría bajo la lluvia?

Recuerdo que fue en una tarde de lluvia intensa que de repente, el jefe aterrizó en mi escritorio diminuto, diciéndome con tono seco y sin mirarme a los ojos:

– ¿Tenés un momento?

– Por supuesto, le contesté; emulando su tono árido.

Mientras iba siguiendo su figura amorfa hacia su oficina de cristal, sentía en toda mi columna vertebral subir y bajar una variedad extraña de emociones atropellándose entre ellas. Miedo, susto, alegría, certeza, incertidumbre. Miedo.

Nunca antes me habían despedido de un trabajo. Siempre había sido yo la que daba el primer paso. Me aburría demasiado pronto, nunca le encontraba la satisfacción plena a trabajar para una empresa o la otra. Para mi todas eran iguales. Sin embargo, pesaba más la responsabilidad de poder seguir llevando el pan a la mesa, como buena ciudadana y madre. Durante casi una década, estuve brincando de una empresa a otra. Cumpliendo con reglas, métricas y objetivos absurdos. Perdida entre el dress code, el meeting, el break y el lunch, la vida se me escurría esperando cada quincena de pago.

Volviendo a la oficina de cristal, yo confieso: pasaba la mayor parte del día pensando en el momento en el que me despidieran. Ansiaba con lúdica emoción el día en que el patrono me anunciaría con el bombo y el platillo del protocolo, elevando al cielo un sobrecillo blanco que me definía como mujer cesante. Fantaseaba con salir dando saltitos descalza, con música de fondo y los zapatos en la mano. Les decía a todos adiós ¡adiós! con la mano, sonriente y bailando, como si fuera la escena final de una película colorida de Bollywood.

Quería ser liberada de una atadura que existía sólo en mi cabeza. Un tácito ligamen que yo misma había gestado en función de mis supuestas necesidades.

 

Soñaba dormida y despierta con tener tiempo para levantarme tarde, leer un libro en un parque al medio día. Añoraba con profunda desesperación no sentir todo el día las manos heladas por el aire acondicionado. No tener que tomar mis alimentos en treinta minutos de un envase de plástico calentado en el microondas. No quería estar más ahí. La aversión hacia la irrespirable rutina empezó a ser más pesada que la necesidad de pagar la renta. El hecho de tener que encerrarme nueve horas al día en aquel helado edificio, verme reflejada en la cara repetida de las mismas personas todos los días y caminar por los pisos cubiertos de alfombras añejas, me resultaba intolerable.

En ese último día de abril, en la oficina fría de paredes de vidrio, la figurilla de mi jefe, cual genio de la botella me dijo, así, sin más: Estás despedida. No estaba sorprendida. Sabía que no era más que la manifestación de lo que había deseado durante meses. Al fin se materializaba. Lo atraje de forma consciente, simple. Lo viví, lo sentí, lo imploré. Sabía también, que no va a ser fácil pero quería intentarlo. En ese momento, en el que escuchaba sus razones y me pedía que firmara el finiquito de relación laboral, retumbaba en mi cabeza una pregunta poderosa, que una vez una buena amiga me lanzó:

Y vos, ¿en cuál miedo descubriste que eras valiente?

 

Sé que a veces se necesita perder para ganar, soltar para recibir. Que para que algo nazca, algo debe de morir. Entonces, así fue. Salí de la oficina sintiéndola más helada que nunca, pero mis manos y mi cara empezaron a generar un calor inexplicable, una emoción que no conocía. Salí del edificio con las pocas cosas que pude recoger de mi escritorio, sintiendo la mirada de muchos ojos curiosos y sorprendidos clavados con lástima hacia mí. Sin bombos, ni platillos, ni coreografía colorida con música de fondo.

Salí triunfal, con la frente lo más alto que pude a enfrentarme valiente a lo desconocido.

 

Al salir del edificio, empezó a caer un aguacero torrencial. Salí caminando bajo la lluvia con mi bolso en una mano y mi taza vacía de café en la otra. Sin la más mínima idea de que iba a hacer con mi vida de ahí en adelante. Cerré los ojos y sentí como la lluvia empezó a lavarme diez años de oficina de la piel. Me dejé llevar arrastrada por mi imaginación, complacida con la imagen de verme como liviana como una pluma, dejándome llevar por la corriente violenta entre los techos de las casas y carros flotantes. Iba sonriente, fluyendo, con mis botas bien puestas. 

Eduardo Galeano decía que el miedo amenaza. Que los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo y los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo (o más bien, de encontrarlo). También, decía que la capacidad de levantarse se desarrolla a partir de haber caído. He visto como algunas personas que se caen, no se levantan nunca más. Yo no quería ser una de esas.

Quiero vivir sin miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes. Sin miedo a la multitud, sin miedo a la soledad. Sin miedo a lo que fue y a lo que puede ser. No quiero tener miedo de morir, ni tampoco miedo de vivir. 

Hay mucho que ganar y nada que perder cuando se vive sin miedo.

 

Foto: Fabricio Jiménez

Texto: Naty Q.
                                                                         
1 mes ago

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