Recuerdo mi adolescencia de manera difusa. Pedazos de sensaciones inconclusas aún navegan pausadas en mi cabeza.

Adolescencia

Recuerdo mi adolescencia como pedazos de sensaciones inconclusas que aún navegan pausadas en mi cabeza. Cada vez que veo a una chica con su uniforme de colegio y una pancita incipiente, me asaltan las imágenes de mi yo pubescente.

Yo, recibiendo el título de bachillerato enfundada en mi uniforme y con cientos de ojos clavados en la nuca. Cuando llegó el tan esperado día de la graduación, yo ya me había cansado de ocultar que tendría un bebé antes que tener cédula.

Pasó como tenía que pasar. Chica conoce chico, se gustan, se mandan papelitos, hablan horas por teléfono, se quedan solos en la casa. Ambos, chico y chica se rinden delirantes y desinformados a nadar en un océano de hormonas hirviendo. Chica, sigue los consejos desatinados de sus amigas, porque hablar con mamá de sexo era inconcebible. Chico, se siente aceptado y viril en su grupo de amigos detallando lo que hizo y lo que no hizo con la chica.

Un día, a finales de los noventa, chico y chica lo vieron con sus propios ojos. Tres distintas pruebas caseras apuntaban al mismo resultado: POSITIVO. En ese momento, había que tomar decisiones, asumir las consecuencias o buscar soluciones. 

Diecisiete años después, recuerdo mi adolescencia como si fuera un espejo empañado.

 

Formo parte de las estadísticas de madres adolescentes de las que hablan todos los medios de comunicación. Pero a todos parece que se les olvidó que la adolescencia es una etapa agotadora. Toca andar recorriendo sin rumbo claro la vida en uniforme de colegio, arrastrando traumas e inseguridades. Sedientos de reconocimiento, identidad y aceptación. Ser adolescente es como estar sumido en un eterno limbo existencial invisible, pero palpable. Por lo tanto, contar con una guía honesta y exenta de creencias religiosas es esencial. Cada quien es libre de creer en las divinidades que quiera. Pero todos tenemos un mismo cuerpo humano y tenemos derecho a elegir sobre él.

Tuve amigas que decidieron interrumpir su gestación. He conocido a mujeres que han parido más de un hijo sin saber lo que es un orgasmo. Junto a otras mujeres, viví en la sala de parto las agresiones de un personal médico abominable. Escuché en las casi trece horas de labor frases punzantes como: quién la tiene, usted quería, ahora aguántese, parece nueva, ya va por el tercero, no debería doler, no sea pendeja. 

Vivimos en un país carcomido por dobles morales.

 

Un país en el que está prohibido detener una gestación aunque el padre del cigoto, sea también su abuelo. Un territorio donde vivir en zonas rurales, la primera menstruación es sinónimo de estar lista para “juntarse”. Donde hay madres que aún crían a sus hijas para ser sirvientas de su futuro esposo. Somos una nación repleta de mujeres que independientemente del estrato social, piden permiso a su pareja hasta para cortarse el pelo. La decisión de que qué se puede hacer y qué no con el útero, con el cuerpo y con la propia vida, sólo le pertenece a cada una. 

Yo, con diecisiete años recién cumplidos escogí la vida de mi hijo. No me vi influenciada por el tedio del catecismo o de la escuela dominical. Tomé una decisión sabiendo que mi cuerpo era mío. Que a mí era a la única que le correspondía tomar decisiones y buscar soluciones. Yo elegí que otro cuerpo pequeñito se alimentara de mi escaso seno. Pero pude no hacerlo y también está bien.

Nadie tiene derecho a decidir sobre el cuerpo que solo nos pertenece a cada uno de nosotros.

 

En la adolescencia, la mayoría atravesamos una metamorfosis pesada con sabor, olor, color y dolor.  Por eso lo entiendo. Al ser que decidí parir hace diecisiete años. Al ser humano que con amor, he procurado mostrarle el camino sin pretender caminar sus pasos. Lo supe desde que lo tuve por elección en mis brazos por primera vez. Todos merecemos ser libres de decidir sobre nuestra vida.

Es urgente erradicar la satanización del cuerpo. No permitir que miembros de un clero o de la propia familia influyan en nuestras decisiones desde que nacemos. Enseñar a los niños en las escuelas a aceptar nuestra naturaleza humana, a tomar decisiones y a respetar las de los demás. Recordarles que el amor no es suciedad, no es pecado, no tiene que doler. No huir ni encarcelar el despertar ardiente de las hormonas, ni dar por sentado la magia de cada etapa. Es imperante mostrar con naturalidad a cada ser humano que nace, que viva con confianza su propia vida. 

 

Texto por: Naty Q

Foto por:  Fabricio Jimenez

 

                                                                

3 semanas ago

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