Nada personal

El mes de Octubre no cerró para nada con “broche de oro”, sino con un “choque de horror”. Nada pasa por casualidad. Por primera vez, me tocó experimentar un accidente de tránsito en el que yo fui la afectada directa. Yo estoy bien, solo tengo unos pequeños desajustes en mis cervicales. Sin embargo, lo que he aprendido y recordado a partir de esta experiencia, ha sido invaluable.

La otra persona involucrada, fue quien indudablemente tuvo la culpa. Al parecer, venía de la playa, con un nivel obsceno de alcohol en la sangre, tal como se logró demostrar horas después.

Yo iba tranquila en mi carril, sobre la autopista, en hora pico. Iba en paz y contenta, ya que iba con suficiente tiempo para tomarme un café con calma antes de mi clase. Cuando sentí el fuerte golpe en la parte trasera del carro, me quedé impávida por unos segundos. Empecé a armar en mi cabeza lo que exactamente -según yo- iba a hacer: Proceder a bajarme del carro, negociar con la persona que me había golpeado, llegar a un acuerdo. Verificar que todos estuviéramos bien y continuar nuestros respectivos caminos. Por supuesto, este fue el escenario ideal y utópico que mi mente creó en un momento de “lucidez-zen”.

Lo que realmente sucedió fue que al bajarme del carro encontré a una persona sumamente alcoholizada, totalmente fuera de sí. No lograba sostenerse derecho, se tambaleaba torpe, como un ternerillo recién nacido. Tenía la típica cara deformada por el licor, los ojos perdidos, la piel seca. En cuanto vio que me aproximaba a enfrentar la situación, sencillamente se montó en su vehículo con la tapa delantera destrozada, humeante y se fue. Se dio a la fuga.

De inmediato, empecé a sentir una profunda desolación.

Preguntas desesperadas aterrizaban en mi cabeza como moscas necias: ¿Por qué a mi? ¿Por qué se va? ¿Por qué no se hace responsable? Estoy sola en esto. Sola. Sin embargo, minutos después, me enteré de que el conductor ebrio fue interceptado por testigos casi dos kilómetros después. Personas que iban pasando por el lugar y que al ver lo ocurrido, acudieron a ayudarme. Sin conocerme, de forma desinteresada y solidaria.

Después de esperar a que llegaran los oficiales de tránsito hasta el lugar de la detención, en hora pico y en una de las calles más transitadas de San José, se llevaron al tipo arrestado con una alcoholemia superando por mucho los límites permitidos por la ley.

Al final de la noche, cuando ya todo había pasado, cuando las declaraciones a las autoridades fueron brindadas y empecé a sentir mis músculos adoloridos; también empecé a caer en razón acerca de lo que había ocurrido. Sentí una corriente eléctrica, irradiando desde mi pecho, subía y bajaba por la columna vertebral y me hormigueaba en la base de la nuca. Aunque suene improbable o extraño, mi corazón estaba lleno de amor.

Sentía una profunda compasión hacia ese otro ser humano, que había invadido mi espacio de forma abrupta una tarde de Octubre. Recordé el poder que tiene la conexión con uno mismo, la cual puede hacer una gran diferencia a la hora de enfrentar las situaciones desde un lugar de víctima o de responsable.

Una vez que identifiqué mis emociones y las puse en su lugar, volvía a formularme las preguntas que me atacaron durante el momento de desolación:

En lugar de preguntarme ¿POR qué a mi? elijo ¿PARA qué a mi?

Al cambiar la forma en que formulamos la pregunta, es posible obtener mejores respuestas. Elegir preguntarse ¿que se puede aprender de cada situación? es sumamente sanador y evita que nos coloquemos en el papel de la víctima.

Han transcurrido ya casi dos semanas. He tenido la oportunidad de llegar a tres conclusiones a raíz de lo que sucedió, que quisiera compartir a continuación:

No tomarse nada personal: La gente no nos hace cosas. Es de la manera que reaccionamos a cada situación, lo que hace la diferencia. Cuando pude ver cara a cara a una persona que no tenía ni siquiera control de sus propios movimientos, vi a un ser humano que estaba huyendo. No huía solo de la escena del accidente y de la responsabilidad que debía asumir. Sino que era un ser humano que huía de si mismo. Reitero, nada pasa por casualidad. Este evento me ha permitido recordar lecciones que en este momento de mi vida, realmente necesitaba. ¿Cuantos de nosotros no hemos usado vías de escape que van desde el alcohol o las drogas, hasta el trabajo, el sexo o la comida? Cada quien está viviendo su proceso de acuerdo a los recursos que tiene o ha querido adquirir.

Siempre se puede elegir el “role”: Hay una delgada línea entre ser víctima o responsable. Hay gente que se la pasa culpando a los demás por todo lo que le pasa. Al tomar una posición de víctima no asumimos ninguna responsabilidad y por ende, es el “camino fácil”. Desde ese lugar, nunca vamos a empoderarnos para tomar las decisiones adecuadas y crear la vida que queremos. Al tomar responsabilidad de lo que nos sucede sin etiquetarlo, nos permitirá ver el aprendizaje en cualquier situación para poder fluir con la vida. 

No estamos solos: Siempre habrá alguien dispuesto a tendernos la mano en cualquier situación, así lo pidamos o no. Cultivemos la solidaridad, saquemos un poco la cabeza de nuestro individualismo aprendido. La evolución como humanidad, comienza por nosotros mismos.

 

Texto: Naty Q

Foto de portada: Fabricio Jiménez

 

 

 

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