¿Sólo se vive una vez?

Había llegado a un punto de mi vida en el que necesitaba obtener respuestas. En algún rincón de mi alma, siempre había habitado la certeza de que todo tiene una razón de ser. Todo. Desde mi manera de reaccionar a ciertas situaciones, hasta la nostalgia aplastante de los recuerdos difusos de mi infancia.

Hace un tiempo, una amiga muy cercana, me contó entre emocionada y sorprendida, que había asistido a una sesión de terapia regresiva con una técnica que se llamaba Neurobioimaginería y que básicamente, todos sus temores y bloqueos habían desaparecido. Su perspectiva hacia su propia vida, ahora era de aceptación y comprensión. Se veía visiblemente relajada y tranquila. Energéticamente hablando, sentí como si se hubiera quitado una tonelada de encima.

Yo, entre incrédula y curiosa, la escuché atentamente mientras me tomaba el café a sorbitos. Al final de la tarde, me animé a reservar una sesión para mí. En el fondo, siempre había sentido una curiosidad inmensa de explorar si era posible acceder a recuerdos de vidas pasadas.

Llegó el día.

El “clic” con el terapeuta fue inmediato. Hablamos de las situaciones que me aquejaban, de lo que me gustaba y lo que no. De hecho, hablamos hasta de libros, autores y música. Compartíamos una visión de vida muy similar. Me sentí tan cómoda desde el primer momento, que sentí que lo conocía de toda la vida. Ahora entiendo que es posible conocer a alguien desde siempre.

Tomé una posición cómoda en un sillón reclinable. La música permitió que todos mis sentidos se abrieran a seguir las instrucciones de quien meses después, se convertiría en mi maestro. Después de tomar respiraciones profundas y conscientes, me empecé a sentir liviana, sin cuerpo. Como suspendida en el espacio lleno de estrellas.

Durante la meditación guiada, siempre estuve consciente, respondiendo a las preguntas que me hacía el terapeuta, describiendo con palabras todos los mensajes, las imágenes y los escenarios que se iban presentando en la pantalla de mi alma. El viaje hacia mí misma, el proceso de ver realmente de dónde vengo, había comenzado.

De pronto me vi recién nacida, sintiendo de forma vívida mis encías sin dientes ‘mordiendo’ mi mano izquierda y la alegría de estar presente. Sin embargo, me costaba respirar y mi papás estaban muy preocupados. Dato curioso: De los 40 días de nacida hasta los 6 meses de edad, sufrí de “tosferina”. Pude entender el origen del padecimiento y el temor de mis padres de que no viviera para contarlo. Después, experimenté de nuevo la seguridad de estar en el útero, protegida y atemporal. Poco a poco fui percibiéndome de forma asociada y disociada, habitando otra piel, en otros tiempos.

También, recibí mensajes claros de mis maestros ascendidos. Los cuales ya no necesitan un cuerpo físico y brillan como el sol (así los vi). Algunos los llaman ángeles. Para mi, en ese momento cayó una gran capa de escepticismo para el resto de esta vida.

 

El Dr. Brian Weiss menciona en uno de sus libros lo siguiente:

“La experiencia es necesaria para añadir crédito emocional a la comprensión intelectual”.

Por lo tanto, definitivamente, comprendí que había que vivir la experiencia para poder contarla. Por más de que mi amiga me describiera su experiencia, mis palabras se quedan cortas para describir el nivel de comprensión que adquirí acerca de todo lo que pasa en mi vida.

Después de muchas sesiones para seguir explorando mis orígenes, decidí tomar un año de práctica y preparación en la técnica de meditación guiada con Neurobioimaginería. Ahora, comparto en el lugar de la terapeuta los beneficios de emprender un viaje hacia si mismo por medio del auto conocimiento.

Cada vez me convenzo un poco más de que no sólo se vive una vez. Que es posible vivir muchas vidas, incluso en la misma vida. Que una vida no basta para evolucionar de forma tal que no necesitemos un cuerpo físico. Pero lo más importante de todo, es que he aprendido que el miedo a la muerte, desaparece cuando comprendemos que SOMOS ETERNOS. Y que esta vida, no es más que otra experiencia humana de mi alma en la tierra.

 

 

 

Texto: Naty Q

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