Mi primera vez

Para todo, siempre hay una primera vez. Mi historia empieza hace poco más de quince años en mi lugar de trabajo. Recuerdo que ojeaba a la hora del café, un catálogo de cosméticos y artículos varios para el hogar. Entre las cremas para la cara, los labiales y la ropa interior, lo que llamó realmente mi atención fue una cinta de VHS para hacer ejercicio en casa. Si, leyeron bien, VHS. Era el inicio de los 2000 y el DVD no había terminado de desplazar los casetes de ‘VH’.

El título de la cinta era ‘Yoga Reductivo’. Yo, inmediatamente pensé en la posibilidad de quitarme de encima los kilos que había hecho muy míos durante el embarazo. Así que lo ordené de inmediato con la emoción compulsiva que en ese momento, me causaban dichos catálogos. Una semana después, en la sala de mi casa, descubriría la puerta que me llevaría a un eterno viaje hacia misma, más allá de ayudarme a bajar unos kilos.

En los cincuenta minutos que duraba la cinta, sudaba como si estuviera bajo el sol de medio día. Me percaté de que tenía nulo equilibrio y sentía el corazón tan acelerado como si hubiera corrido 500 metros en 30 segundos ¡Y ni siquiera me había movido de un solo lugar! ¿Era eso posible?

Mientras tanto, trataba de seguir atenta las instrucciones en el español doblado de Sarah Ivanhoe sin caerme de nariz: “Perro mirando hacia abajo, inhala, exhala, cobra, manos al corazón, inhala, exhala, guerrero, triángulo.” Al día siguiente, desperté con una mezcla de satisfacción emocional e intenso dolor en cada uno de mis músculos que es sencillamente inexplicable.

Me dí cuenta que había vivido en un cuerpo físico del cual

conocía muy poco. 

Y seguí practicando. Primero los fines de semana con mi hijo gateando en la alfombra imitando divertido mis movimientos torpes. Después, todos los días hasta aprenderme la secuencia de principio a fin. Me sentía de maravilla y la ropa me quedaba diferente. Pero más que eso, me sentía viva, de adentro hacia afuera, como si hubiera despertado de un largo sueño y abriera los ojos por primera vez llenos de curiosidad.

Un día, el aparato VHS no dió más y dejó para siempre este mundo material. Sin embargo, el interés por la práctica del Yoga siguió incrementándose de forma orgánica y natural. Corrían otros tiempos y aún no existía youtube o plataformas en línea para practicar en casa. Así que me iba de paseo a la librería o la biblioteca pública con mi bebé, a buscar libros con imágenes que me guiaran en mi práctica.

Esa misma sed autodidacta de aprender más y más, me llevó a dar el siguiente paso: Me animé a asistir, sola y aterrada a una clase grupal de Yoga. El estudio al que fui, estaba en un segundo piso. Lo primero que vi fue un montón de figuras de dioses hindúes en fila y yo me sentía entrando a la dimensión desconocida. Se percibía un aterciopelado olor a incienso y la sensación en la boca de mi estómago era nueva, intensa, deliciosa.

El profesor (un tipo alto y muy atractivo) nos llevó a todos los presentes a vibrar al unísono pronunciando el sonido de un OM. Entonces, va de nuevo: perro mirando hacia abajo, inhala, exhala, manos al corazón, cobra. Mi cuerpo temblaba, al ritmo de mi corazón acelerado y emocionado.

De pronto, empecé a compararme con los demás y me sentía torpe.

Mi mente empezó a jugarme bromas de mal gusto y pensamientos de auto sabotaje empezaron a pulular como gusanos. Sin embargo, al final de la clase, acostada en el piso en batalla campal con mi ruido mental, escuché el dulce sonido de un cuenco tibetano por primera vez en mi vida. Entendí que no tenía que competir con nadie. Me dí el mérito de haber llegado hasta ahí por mi propia voluntad y siguiendo a mi corazón. Supe que había abierto una puerta y que sólo era el principio de un largo camino.

A estas alturas de la vida no sé si yo llegué a Yoga o Yoga llegó a mi. Lo que si sé, es que desde que nos encontramos, no nos hemos separado. Claro, no siempre ha sido color de rosa. Hemos pasado por muchísimas etapas, filosofías y maestros. A veces incluso, hemos necesitado tomar distancia, solo para después volver con más fuerza y dedicación.

Yoga y yo tenemos una relación única y profunda. Con los años, he aprendido de mi misma más de lo que hubiera imaginado. Y no me refiero en lo absoluto a las posturas. He aprendido que lo que realmente importa es fluir y disfrutar del proceso más allá del resultado.

Siempre hay una primera vez para todo y la vida se encarga de llevarnos por el camino que necesitamos para nuestra evolución. Al deshacernos del miedo y de toda estructura, es cuando nos  encontramos con la maravilla de simplemente ser para fluir.

Vivir, es fluir en constante movimiento.

 

Texto Naty Q.

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