LA VIDA ES AHORA

Recuerdo la escena en cámara lenta. La sensación de ir cayendo al vacío. En ese segundo eterno, me transporté al parque de diversiones. Era la misma emoción de cosquillas en el estómago que me encantaba cuando me montaba en la montaña rusa. Sin embargo, esa vez, el recuerdo lindo de las cosquillas era terror desgarrador. Como si cientos de perros hambrientos devoraran la boca de mi estómago. Esa vez, no encontraría a mis papás esperándome a la salida del juego mecánico con un algodón de azúcar. En ese momento, descubrí el significado de la palabra ahora.

Un sábado de diciembre, hace aproximadamente cinco años, decidí ir a dormir temprano para poder madrugar sin problema al día siguiente. Había quedado con unos amigos para ir a un Ashram tropicalizado ubicado justo después de pasar el Cerro de la Muerte. Era un retiro de un día del que lo único que sabíamos era que habría Yoga, meditación y comida saludable. A las seis de la mañana en punto pasaron por mí y nos fuimos a San José a topar a los demás.

Nos fuimos. Las cuatro cabezas recién bañadas en el carro azul, cada uno cargando sus razones de haber dejado la cama calientita. Durante el camino, íbamos compartiendo galletas, semillas, chicles. Yo iba haciendo la labor significativa e ineludible de una copilota: poner música. Así que mi Ipod Nano, era el responsable de ir musicalizando la conversación. Justo cruzando el Cerro, llegaríamos a nuestro destino.

Todo pasó en un segundo.

El sonido seco de la llanta ponchada. Las maniobras de mi amigo para no perder el control del volante. Ver desde arriba el guindo infinito al que caíamos como si fuera la boca de una ballena asesina. Los cuatro: rodando en las entrañas del carro azul a merced de la fuerza de gravedad.

Recuerdo el sabor oxidado del terror en mi boca. El grito ahogado en el pecho. El corazón entero a punto de salirse despavorido por mi garganta.

Nunca creí eso de que la vida pasa frente a los ojos en una situación cercana a la muerte. Pero en esos segundos suspendidos en el tiempo, pude verme de nuevo brincando en charcos, jugando escondido en mi barrio al sur de la capital y comiendo copos en vacaciones en La Sabana. Vi pasar las escenas de todos los años de mi vida desfilando en mi mente a toda velocidad.

Y mientras seguía cayendo al vacío, pensaba que lo único que quería era seguir viviendo. Abrir los ojos cada mañana. Quería ver más atardeceres de colores y sentir el aroma delicioso del café recién chorreado. Quería seguir teniendo a mano el abrazo medicinal y tibio de mi mamá, peinar el cabello suave de mi sobrina, reflejarme en los ojos negrísimos de mi hijo.

Dejamos de dar vueltas.

Las llantas del carro azul apuntaban al cielo y nuestras cabezas al suelo. Silencio. El olor a llantas quemadas y a bosque húmedo se entrelazaba con el humo amargo del motor. Yo fui la última en salir. Creo que durante unos segundos quedé inconsciente, pero logré salir por mi cuenta de la carrocería destruida. Ahora que lo pienso, tal vez si el carro no hubiese estado nuevo de paquete, las latas nos hubiesen atravesado como dientes afilados de tiburón blanco. Ahora que lo siento, sé que en esa vuelta de ‘montaña rusa’, no era mi momento de dejar definitivamente el cuerpo físico. 

Empezamos a escuchar las ambulancias a lo lejos. Los cuatro, ilesos, asustados e indefensos, empezamos a tomar los brazos de la gente que llegaba solidaria a ayudarnos a salir del guindo. Después me enteré que al carro le dieron pérdida total y lo sacaron del guindo entre dos grúas.

Ese día, al igual que en la montaña rusa, los tripulantes del carro obtuvimos una buena dosis de adrenalina: quedamos de cabeza, dimos muchas vueltas, se nos revolvió el estómago, tuvimos miedo. En lugar de un retiro de Yoga, pasamos conviviendo la mayor parte del domingo en el hospital entre placas, filas, exámenes y otros accidentados que si habían corrido peor suerte.

Entendí, que a partir de ese día nada volvería a ser igual. Empecé a aplicar esa frase que antes me parecía tan cliché de vivir cada día como si fuera el último. Pude ver de frente, claro y preciso la fragilidad de la vida, de mi propia vida. A partir de ese momento, entendí con todas mis fibras el verdadero significado de que la vida es ahora.

El fin de semana siguiente, feliz de estar completa y a salvo, fui a grabarme en la piel, una palabra que me prometí nunca olvidar:

AHORA.

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