Run Naty, Run!

Run Forrest, Run! y Forrest Gump corría automáticamente, sin ver atrás, enfocado únicamente en la acción de correr. Tanto así que se hizo un experto, viajó por el mundo y conoció mucha gente ¿se acuerdan?

Durante muchos años, yo también corría sin ver atrás, como Forrest. Corría constantemente hacia todo lado: de un trabajo a otro, del trabajo a la Universidad, de la Universidad a la casa, de la escuela de mi hijo al trabajo, del trabajo al otro trabajo. Me acostumbré a correr, siempre.

Con el tiempo, me fui dando cuenta de que en realidad, corría de mi misma.

Mis relaciones “sentimentales” nacían amorfas, sin norte, eran semillas en tierra estéril. Le tenía pavor absoluto al compromiso, a tener que quedarme en un solo lugar, asentarme, detenerme. Por eso, al final, siempre salía corriendo. Nunca me sentí lista para una “relación seria”.

Un día, la vida me llevó a tomar un entrenamiento para profesores de Yoga. Mi intención era meramente profundizar en la práctica, atender el llamado de ayudar a otros, aprender y compartir. Jamás imaginé todo lo que encontraría en ese lugar.

El grupo de compañeros era bastante ecléctico, estaba compuesto de personas de todas las ocupaciones y edades. Al principio me sentí fuera de lugar, como llegando a un planeta desconocido. Estaba tan acostumbrada a correr y a vivir de forma acelerada que quería seguirlo haciendo. Pero en el fondo, había algo más fuerte que me decía:

Quedáte, ya verás.

Un día, durante el mes tres del entrenamiento, hicimos una reunión después de clase en la casa del maestro. Ya entrada la noche y con copa de vino en mano, me perdí en mis pensamientos observando el círculo que habíamos formado los cuerpos presentes de pie, mientras conversábamos. Todos andábamos descalzos, menos uno. Junto a mi, estaba él, calzando sus usuales zapatos negros.

Levanté mi mirada, buscando formar la imagen completa de quien calzaba zapatos entre tanta gente sin ellos. Habíamos practicado juntos durante el entrenamiento en múltiples ocasiones, pero nunca me había detenido a verlo a los ojos o más bien, a reconocerlo.

En cuanto me vi reflejada en sus ojos claros, en su mirada calma y honesta, supe inmediatamente que ya lo conocía. De antes, desde siempre. Estaba frente a una certeza materializada, había llegado la hora: Estaba lista para dejar de correr. 

Esa noche, todos los demás personajes en la escena desaparecieron y hablamos toda la noche, tomando el sillón como rehén. A partir de ese momento, no nos separamos más. Era como si fuéramos amigos de toda la vida y tuviéramos mucho, mucho que contarnos para ponernos al día.

Nunca fuimos novios.

El entrenamiento terminó, pero él y yo seguíamos cada vez más unidos. El amor floreció de forma tan orgánica y saludable que sí, fue amor a primera vista. Éramos como “pan y mantequilla”. Nunca hicieron falta formalidades de noviazgo ni de presentar a los papás ni nada de eso. Pasaban los días y aumentaba la certeza de que nuestras almas habían acordado el encuentro en un plano que los ojos no ven.

Nos casamos unos pocos meses después, en una ceremonia de cinco personas, un Viernes a las 7:00 p.m. Sin anillos, sin vestido blanco, sin cena ni baile, pero con el corazón agradecido de finalmente habernos encontrado. Eso era todo lo que necesitábamos.

Un día, al igual que Forrest, dejé de correr. Pero no porque estuviera cansada. Dejé de correr para rodar por este planeta lindo junto a una naranja completa y jugosa. Porque una de las cosas que aprendí en ese entrenamiento (aparte de asanas y sus nombres) fue a dejar de correr de mi misma y que las “medias naranjas”, no existen:

Somos frutos completos, únicos y perfectos.

F I N

 

Texto: Naty Q.

 

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