LA MATERNIDAD DESEADA

Cada vez que veo a una chica con su uniforme de colegio y una pancita incipiente, me asaltan las imágenes de mi yo pubescente. Yo, recibiendo el título de bachillerato enfundada en mi uniforme y con cientos de ojos juzgándome, clavados en la nuca. Cuando llegó el tan esperado día de la graduación, yo ya me había cansado de ocultar que tendría un bebé antes que tener cédula.

Pasó como tenía que pasar. Chica conoce chico, se gustan, se mandan papelitos, hablan horas por teléfono, se quedan solos en la casa. Ambos, se rinden delirantes y desinformados a nadar en un océano de hormonas hirviendo. Era finales de los noventa y un día, tres distintas pruebas caseras de embarazo apuntaban al mismo resultado: POSITIVO.

En ese momento, había que tomar decisiones o buscar soluciones. 

Formo parte de las estadísticas de madres adolescentes de las que hablan todos los medios de comunicación. La adolescencia es una etapa agotadora. Toca andar recorriendo sin rumbo claro la vida en uniforme de colegio, arrastrando traumas e inseguridades, sedientos de reconocimiento, identidad y aceptación. Ser adolescente es como estar sumido en un eterno limbo existencial invisible, pero palpable. Por lo tanto, contar con una guía honesta y exenta de creencias religiosas es esencial. Cada quien es libre de creer en las divinidades que quiera. Pero todos tenemos un mismo cuerpo humano y tenemos derecho a elegir sobre él.

En ese tiempo, tuve amigas que decidieron interrumpir su gestación. También, he conocido a mujeres que han parido más de un hijo sin saber lo que es un orgasmo. Durante mi parto, junto a otras mujeres de todas las edades, viví las agresiones de un personal médico abominable. Escuché en las casi trece horas de labor frases punzantes como: “Quién la tiene. Usted quería. Ahora aguántese. Esto no es nada. No sea pendeja”.

Vivimos en un país corroído por la doble moral.

Este es un país en el que está prohibido detener una gestación aunque el padre del cigoto, sea también su abuelo. Esto es un territorio en el cual vivir en una zona rural, la primera menstruación es sinónimo de estar lista para “juntarse”. Donde hay madres que crían a sus hijas para ser sirvientas de su futuro esposo.

Somos una nación repleta de mujeres que independientemente del estrato social, piden permiso a su pareja hasta para cortarse el pelo. La decisión de que qué se puede hacer y qué no con el útero, con el cuerpo y con la propia vida, sólo nos pertenece a cada una. Es urgente arrancarnos años y años de control y miedo infundado por el patriarcado.

La maternidad será deseada, o no será.

A mis diecisiete años recién cumplidos, yo escogí la vida de mi hijo. No me vi influenciada por el tedio del catecismo o de la escuela dominical. Tomé una decisión sabiendo que MI CUERPO ES MÍO. Que a mí era a la única que le correspondía tomar decisiones y buscar soluciones. Yo elegí que otro cuerpo pequeñito se alimentara de mi escaso seno. Pero pude no hacerlo y también está bien.

Es urgente erradicar la satanización del cuerpo. No permitir que miembros de un clero o de la propia familia influyan en nuestras decisiones desde que nacemos. Enseñar a niños y niñas en las escuelas a vivir nuestra naturaleza humana, a tomar decisiones y a respetar las de los demás. Enseñar que el amor no es suciedad, no es pecado y no tiene por qué doler.

No se trata de huir ni encarcelar el despertar ardiente de las hormonas. Ni tampoco de dar por sentado la magia de cada etapa. Todos merecemos nacer de una maternidad deseada y toda mujer tiene el derecho de elegir cuándo, cómo, si o no.  

Hoy, día de la madre en Costa Rica, brindo por más maternidades deseadas y ninguna impuesta.

Salud.

Evan y yo, año 2000. Mamá e hijo por elección.

 

Texto por: Naty Q


Foto por:  Fabricio Jimenez


                                                                

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