Blog

De cuando me despidieron

Fue un 29 de abril. El jefe aterrizó en seco en mi escritorio y sin mirarme a los ojos me dijo: «¿Tenés un momento?». Claro, le contesté; emulando lo mejor que pude su tono de voz bajito.

Lo seguí por el pasillo hacia su oficina de cristal. Iba sintiendo intensamente en toda mi columna vertebral el subir y bajar de una extensa variedad de emociones atropellándose entre ellas: Miedo, susto, alegría, certeza, incertidumbre.

MIEDO.

Nunca me habían despedido. Siempre era yo quien muy digna, daba el primer paso cuando ya no daba más. En ese entonces, me aburría demasiado pronto de todo. Nunca encontraba satisfacción en mi trabajo. Bueno, en casi nada. Me daba exactamente igual trabajar para una empresa «transaccional» u otra. Para mí, todas eran iguales. Sin embargo, necesitaba seguir llevando el pan a la mesa, como buena ciudadana y madre.

Durante casi una década, estuve brincando de una empresa transnacional a otra. Cumpliendo con reglas, métricas y objetivos que me parecían absurdos. Me ahogaba entre el dress code, el meeting, el break y el lunch. Cada día, sentía que la vida se me escurría mientras el aire acondicionado me secaba el alma.

Pero bueno. El hastío se atenuaba un poco con el salario de cada quincena. Alcanzaba para la renta, la manutención de mi hijo y a veces, para una o dos birras y una salida al cine.

Ahora sí, volvamos a la escena en la oficina de cristal. Yo confieso: Había pasado las últimas semanas soñando con ese momento. Esperaba con ahínco y frenesí el día en que el patrono al fin me anunciaría con bombos y platillos, que ya no me necesitaban en la empresa, que prescindían de mis servicios, que me iría ese día para mi casa a celebrar salvajemente mi cesantía (con responsabilidad patronal, por supuesto).

Fantaseaba con salir dando saltitos descalza, subiéndome en los escritorios con música de fondo y los zapatos de tacón en la mano. Les decía a todos: Adiós amigos ¡adiós!, sonriente, bailando y tirando besos al aire, al mejor estilo de una escena de película de Bollywood.

Soñaba dormida y despierta con tener tiempo para levantarme tarde, leer un libro en un parque al medio día. Con finalmente «emprender» y ser «mi propia jefe» y no tener que rendirle cuentas a nadie (según yo).

Hace cinco años, añoraba con profunda desesperación no sentir todo el día las manos heladas por el aire acondicionado. No tener que hacerme tragado el almuerzo con comida calentada en microondas en el cubículo. Yo no quería estar más ahí. No me gustaba esa versión de mí y la rutina de oficina se me empezó a hacer sencillamente infumable. El hecho de tener que encerrarme nueve horas al día en aquel helado edificio de alfombras añejas, me resultaba intolerable. No iba más.

En ese penúltimo día de abril del 2014, en la oficina de paredes de vidrio, la figurilla de mi jefe, cual genio de la botella me dijo sin más:

Estás despedida.

No estaba sorprendida. Al fin se materializaba lo que había deseado durante meses.  Lo atraje de forma consciente e inconsciente. Lo viví, lo sentí, lo imploré.

En ese preciso momento, en el que escuchaba su discurso protocolario de fondo mientras me pedía que firmara el finiquito de relación laboral, retumbó en mi cabeza una pregunta poderosa, que una vez una buena amiga me hizo: Y vos, ¿en cuál miedo descubriste que eras valiente?

Sentí el miedo helado otra vez en la espina dorsal. Sabía muy bien en la teoría que para dejar llegar, hay que dejar ir, que para que algo nazca, algo debe de morir. Pero no es lo mismo «verla llegar que bailar con ella», diría mi abuela.

Entonces, salí de la oficina. Mis manos y mi cara empezaron a generar un calor inexplicable, una sensación desconocida. Recogí en silencio algunas cosas de mi escritorio, entregué intacto mi badge y salí del edificio. Lo último que recuerdo es la mirada puntiaguda y asombrada de mis compañeros, clavada con lástima en mi espalda.

Me fui sin bombos ni platillos, ni coreografía colorida con música de fondo.

Pero salí con la frente lo más alto que pude. Había llegado la hora de enfrentarme valiente a lo que había manifestado. En ese momento descubrí que no hay nada más aterrador que nuestros propios deseos cuando se cumplen.

Empezó a caer un aguacero torrencial. Salí caminando sin sombrilla bajo la lluvia con mi bolso en una mano y mi taza vacía de café en la otra. Sin la más mínima idea de que iba a hacer de ahí en adelante. Cerré los ojos y dejé que la lluvia me lavara esos diez años de oficina de la piel. Me dejé llevar arrastrada por mi imaginación, complacida con la imagen de verme liviana y divertida como una pluma, mientras una corriente violenta de agua me arrastraba entre los techos de las casas y carros flotantes. Me fui sonriente, fluyendo, con mis botas bien puestas.

El miedo amenaza. Porque los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo y los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo (o más bien, de encontrarlo), dijo Galeano. Pero bien lo dijo también Don Eduardo: «La capacidad de levantarse se desarrolla a partir de haber caído».

Cuando me despidieron, la única certeza de la que me pude abrazar con fuerza, fue a la de que no quería seguir teniendo miedo a no tener trabajo ni tampoco miedo a hacer, por primera vez en mi vida, algo diferente para subsistir. 

Entonces, caminando empapada hacia la parada de buses, me pregunté a mí misma ¿Qué haría si no tuviera miedo?

Y bueno, a la fecha no tengo la respuesta. Pero en ese momento, empecé por invitar al miedo a caminar conmigo bajo la lluvia.

Con una taza de café vacía en la mano, mi bolso en la otra y mis botas bien puestas, nos fuimos dando saltitos en los charcos; bailando divertidos como en una escena colorida al mejor estilo Bollywood.                                  

Foto tomada de: Bollywood
Texto: Naty Q.

1 Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *