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Estrella fugaz

La segunda rayita rosada anunciaba su llegada.

Debo aceptar que me tomó absolutamente por sorpresa, pero lloré todo el día, entre emocionada y aterrada, como si fuera la primera vez ¡Era el regalo de cumpleaños número 35 más hermoso!

Miles de pensamientos galopantes empezaron a desfilar en mi cabeza atropellándose unos a otros: Que si estoy muy vieja, que si es el momento indicado, que si volver a empezar, que si los otros proyectos y un largo etcétera.

Desde que ví esas dos rayitas rosadas, me dediqué a establecer prioridades y horarios para prepararme para su llegada. Hacía poco menos de un año, había recibido otra visita en mi útero, la cual se fue demasiado pronto. Tenía pánico que sucediera lo mismo. Pero esta vez, me abrazaba confiada a la certeza de que todo estaba bien. Me concentraba en respirar, en estar presente, en permitirme vivir el momento sin miedo.

Durante semanas, tuve muchos sueños en los que me despertaba aturdida en medio de la madrugada, deseando no haber visto esas imágenes vívidas. Veía una albondiguilla sin forma, un extraterrestre de un solo ojo, voces en cuerpos deformes de hombre, de mujer, de niño.

Dejávu.

Una rayita roja anunciaba su partida.

Debo aceptar que lo sospechaba. Lloré durante semanas abrazada a una tristeza que me comía viva, día a día. No era la primera vez.

El corazón se parte en incontables pedazos cuando la voz de un médico pronuncia las palabras «no hay latido». Tres palabras que caen como un balde de agua helada y de inmediato entran por la puerta la culpa, la desolación, la apatía.

Me dejé caer.

Todo se derrumbó a mi alrededor. Me dejé caer en un abismo oscuro, renunciando a todo lo que hasta ese momento, era mi realidad. Ya no recuerdo cuántos días pasé encerrada en mi cuarto en posición fetal sin comer, sin dormir, sin bañarme, sin hablar. Me dejé abrazar por un dolor tan profundo como inexplicable.

Yo sabía que en algún momento tocaría el fondo del abismo y lo único que quedaría era empezar a subir. Pero lo confieso: Yo no quería tocar fondo. Yo quería desaparecer en el abismo y no existir más. Mi mente se dedicó a elucubrar estrategias para desencarnar el cuerpo físico que me contiene.

Me dejé sostener.

Un día, abrí los ojos después de haber dormido más de 16 horas seguidas y supe que necesitaba ayuda. Mi corazón estaba listo para armarse de nuevo. Así que juntando las piezas desperdigadas, levanté ambas manos y pedí ayuda.

Quería entender que no había sido mi culpa. Que era hora de asumir que debía dejar ir la idea de abrigar una estrella creciente, un mini cosmos en mi vientre.

Era hora de continuar.

Tomando de mi propia medicina, recurrí a la meditación guiada de visualización para conectar con el alma que me había visitado. De la mano de mi maestro, empecé a tomar respiraciones profundas, guiadas, conscientes. «Contáme qué ves», me dijo.

Me siento liviana, suspendida en el espacio lleno de estrellas. Veo la Tierra desde arriba, como gira y es enorme, magna y robusta. Veo como el planeta se parte en dos, como un aguacate y veo su semilla dorada, brillante…y ahora se está convirtiendo en una enorme esfera roja.

«Dejáte caer hacia la esfera», me indicó mi maestro.

Al aterrizar en lo que desde arriba había visto como una enorme esfera roja, ahora era un lugar inhóspito. Una gran caverna oscura, con paredes porosas y símbolos ininteligibles grabados en ellas: Estaba en mi útero.

Los símbolos en las paredes eran heridas aún abiertas que estaban corroídas por el paso de los años, reflejando los estragos de la guerra contra mí misma, de la autodestrucción consciente e inconsciente.

Decidí pedir ayuda porque me sentía devastada y urgida de respuestas, de consuelo. Gracias a todas las personas que me sostuvieron, pude entender que la efímera estadía de esta alma en mi útero era un llamado a sanar mis heridas, antes de albergar a un ser humano. Entendí que debía perdonarme, trascender mis traumas, aceptar mi cuerpo físico, mi femineidad, mi poder.  En cuanto comprendí esto, pude visualizar las paredes de mi útero lisas, cubiertas de un color celeste brillante, con rayos luminosos que vibraban desde dentro.

En eso, escuché un ruido en la entrada de la caverna y ahí le pude ver: Un ser pequeñito, apoyándose con timidez en una de las paredes de la caverna con una de sus manitas.

«Vení» Le dije con los brazos abiertos y lágrimas rodando descontroladas por mi cara.

El ser pequeñito soltó la pared y corrió con pasitos de niño pequeño hacia mí. Nos abrazamos fuerte, tan fuerte que no lo quería soltar. Ahí terminé de entender: No lo quería soltar. Dejar ir para mí ha sido una de las lecciones que más trabajo me ha costado interiorizar en esta vida.

Antes de soltarlo le agradecí. Le cubrí de besos su carita, su cabeza. «Gracias, gracias, gracias almita de mi vida», le decía. «Pondré cuidado, miraré hacia dentro. Si decidís volver, esta será tu casa, serás bienvenidx y la mantendré sana, limpia, segura y tibia».

Volverse a armar.

Mi maestro me indicó que era hora finalizar la meditación. Con su guía, empecé a flotar de nuevo sobre la escena. Iba viendo al ser cada vez más y más pequeñito, mientras nos decíamos adiós, él con su manita diminuta y yo con mis manos ocupadas en armarme el corazón.

Desde lo alto, flotando en el espacio lleno de estrellas, lo ví correr hacia la entrada de la caverna y saltar liviano al vacío. El pasajero en mi útero, fue una pequeña pieza de materia que desde el espacio, golpeó la atmósfera de la Tierra, iluminando mi vida a su paso.

Así, como una estrella fugaz.

Fue una estrella fugaz. Una pequeña pieza de materia que desde el espacio golpeó la atmósfera de la Tierra, iluminando mi vida a su paso.

Foto: Fabricio Jiménez

Texto: Naty Q.

1 Comment

  1. «Tuvo una pérdida» te dicen…pero ¿realmente lo es? Gracias a tu bello artículo podemos interiorizar que las almas que vienen y se van pronto son almas elevadas que llegan y nos sacuden las entrañas y la vida como parte del plan para avanzar de acuerdo a nuestro propósito.

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