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Hasta el fin del mundo

La vida puede cambiar en un segundo, un día o sesenta días. Digo sesenta días porque hace exactamente dos meses, estaba en un momento de mi vida en el que me sentía totalmente cómoda, a gusto, plena. Con mis necesidades de estabilidad, orden, comunidad y espacio satisfechas.

Estaba viviendo con gratitud y merecimiento la vida con la que solo soñaba años atrás; cuando tenía dos trabajos, estudiaba en la Universidad y maternaba a un hijo pequeño. Es sencillamente increíble como en un abrir y cerrar de ojos, mi hijo es ahora todo un adulto responsable, que vive en su propio apartamento cerca de la Universidad a la que asiste. Porque así es: Los hijos crecen y las mamás también.

Sin embargo, su vuelo y el nido vacío que he experimentado, han sido solo una parte de los duelos, duelitos y duelotes que he estado viviendo en carne viva los últimos sesenta días.

Hay que tener cuidado con lo que se desea, porque puede hacerse realidad.

Hace cinco años, cuando conocí a Chris (aquí podés leer la historia completa) no solo supe que iba a dejar de correr y huir del pavor que le tenía al compromiso. También supe que al encontrarnos, íbamos a vivir una vida de aventura, deconstrucción y colección de muchas primeras veces (ajá, por más cursi que suene).

De hecho, recuerdo que cuando nos casamos, primero bajo la sombra de un árbol -él y yo nada más- y luego en una ceremonia legal de cinco personas, le dije con toda certeza y convicción:

«Yo con vos, hasta el fin del mundo».

La verdad, no tenía ni idea de hasta dónde nos llevaría semejante decreto.

Para este año 2019, teníamos muy claro nuestro deseo de expansión, crecimiento, abundancia y fluidez. Juntos, meditando o hablando a la hora del café, nos visualizábamos caminando por el mundo, usando nuestros privilegios y conocimiento para servir a la humanidad. De hecho, todo este año repetidas veces he dicho en voz alta o en mis meditaciones:

«Universo, lleváme donde me necesités que ahí yo iré».

En los últimos sesenta días el Universo respondió. La energía universal en su flujo infinito siempre responde a nuestra vibración. Hace sesenta días que empezamos a soltar, con gratitud y entendimiento la vida tal como la conocíamos. Hemos estado haciendo el trabajo de dejar ir la comodidad de nuestra «estabilidad» para mudarnos al Sur del continente en respuesta a la expansión que pedimos.

Nos ha tocado reformular, reinventar, ceder: Dejar ir para dejar llegar. El duelo es transición. Es crecimiento. Es expansión.

Hoy, aquí y ahora saboreo la agridulce realidad en tercera dimensión en la que vivimos los humanos. Esta dualidad perfecta en la que lo único constante es el cambio. En la que para que algo nazca algo debe morir. Que para dejar llegar, hay que dejar ir.

Por eso es que la vida puede cambiar en un segundo, un día o sesenta. En pocos días estaré abordando un avión hacia el Sur del continente sin tiquete de regreso. Solo con la convicción y seguridad de que lo que ahora estoy viviendo es parte de mi misión, de mi crecimiento.

Las palabras son definitivamente un decreto y por eso hay que pronunciarlas desde un lugar de amor y consciencia. Hace pocos días supe que la etimología más aceptada de la palabra «Chile» es la voz aymara “Chilli” que significa “el confín del mundo”.

Hay que tener cuidado con lo que se decreta, porque se puede hacer realidad.

Texto: Naty Q. 
Fotos: Fabricio Jiménez.

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